jueves, 16 de marzo de 2017

Lo-li-ta


Lucio Gómez Pazos
A más de seis décadas de haberse publicado Lolita, “la novela norteamericana de esa época escrita por un ruso”, como en su momento se dijo, de Vladimir Nabokov, su lectura no deja de ser deslumbrante desde donde se la quiera ver.
Como toda obra clásica, suscitó, y continuará suscitando, una serie de desavenencias debido a la temática que en ella se aborda: Un hombre entrado en los cuarenta años-Humbert Humbert-embelesado por una púber de doce (Lolita), con quien comparte furtivamente, por espacio de dos años una intensa relación, después de que el propio Humbert Humbert ha quedado viudo de un matrimonio brevísimo y de trámite de la madre de Lolita, convirtiéndose con ello en el padrastro/amante de esta última.
A primera vista puede pensarse que estamos ante una novela depravada, pornográfica e insulsa; sin embargo, lo que no deja lugar a dudas para el lector avezado es que se topa con una verdadera obra de arte. Es aquí donde estriba la relevancia de la novela. Lo que está en juego es la cortedad moral con que se la quiera ver o el calibre de la belleza estética que irradia. Nabokov sabe perfectamente bien lo que esto significa y pone en boca de su protagonista las siguientes palabras: “El sentido moral de los mortales es el precio que debemos pagar por nuestro sentido mortal de la belleza”.
¿Qué se puede decir de Lolita? La de carne y hueso por llamarle de alguna manera. Todo lo ha dicho ya Humbert Humbert. Lolita es un Universo. “Era un amor a primera vista, a última vista, a cualquier vista”. Lolita es una pubescente, en efecto, pero que sabe mover las piezas del tablero tanto o mejor que su abatido amante. Lo, caminó siempre por las márgenes del amor que H. H. le prodigó sin reticencias. No tuvo empacho en abandonar a este cuando lo creyó oportuno. Sabía, sin que por ello haya escuchado a Picasso que “lo importante de algo es el inicio, porque después del inicio comienza el final”. Dura sentencia para Humbert, el final, la hora de la verdad: “Crearé un nuevo Dios, y se lo agradeceré con gritos desgarradores, si me das una esperanza aunque sea microscópica”. Un no rotundo fue la respuesta de Lo. “¡Adióoooos! cantó mi dulce, inmortal y difunto amor norteamericano”, recordará más tarde H. H.
Qué le queda a Humbert luego de saberse derrotado por el desamor de su nínfula. Uno, la venganza, que planea minuciosamente a fin de llevarla a cabo hasta sus últimas consecuencias y dos, eternizar el indestructible amor que siente por Lolita. Lo primero lo logra mediante el crimen que asesta al amante de Lolita, lo segundo lo obtiene a través del arte, como se puede confirmar enfáticamente al final de la novela (de sus memorias). “Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y esta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita mía”. De nuevo aquí Nabokov tiene plena conciencia de esto y en el epílogo de la novela sostiene: “Para mí, una obra de ficción sólo existe en la medida en que me proporciona lo que llamaré lisa y llanamente, placer estético, es decir, la sensación de que es algo, en algún lugar, relacionado con otros estados de ánimo en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la norma”. O, volviendo al caso Humbert Humbert, podemos decir siguiendo a Nietzsche: “Poseemos el arte por miedo a que la verdad nos destruya”.

Nabokov (2006). Lolita. Barcelona: Anagrama (392, pp.).


                                                                                                                  

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