miércoles, 7 de septiembre de 2016

Aurora Ruiz Vásquez, la maestra de escuela

Martha Leticia Hernández Ruiz

El magisterio es una profesión humanista; de servicio, de entrega, de compromiso y de grandes satisfacciones al sentir y ver aprender a otros. El maestro de escuela, el “maestro de banquillo”, vive día a día la aventura de la construcción de saberes propios y de los demás.
Ser docente es una oportunidad para dar y recibir, es una profesión que permite crecer y ver crecer, es un estar y proyectar, un plantear y alcanzar. Implica analizar constantemente lo que se hace, evolucionar con el tiempo y responder día a día a las demandas sociales y culturales de los alumnos.
Así era la maestra Aurora; entregada a su trabajo, anteponiendo los intereses y necesidades de sus alumnos a los propios. Dio y recibió al máximo, creció y se transformó de acuerdo a cada época, a cada enfoque pedagógico y a cada reto que su trayectoria profesional le demandaba.
En su autobiografía, Lo que guarda una memoria, la maestra Aurora nos platica acerca de su formación como maestra en la Escuela Normal Veracruzana y en la Normal de Especialización. Nos comparte también su experiencia como maestra de los diferentes niveles educativos que le correspondió atender. Con qué gusto narra anécdotas que quedaron guardados en memoria; los su festivales en el Pestalozzi, el carnaval con los niños de la Escuela Granja, el día del maestro con el Mtro. Manuel C. Tello.
La labor docente de la maestra Aurora está cargada de emociones; en sus reflexiones, en la forma de asumir las dificultades y en la propia intervención, se dejan ver y sentir los afectos. Puede decirse con certeza que la maestra Aurora disfrutó enseñar a otros, gozó ver aprender, su trabajo de maestra lo realizó con gusto y convicción. Era sin duda, una maestra apasionada por su trabajo.
Como educadora, la maestra Aurora ejerció la docencia con base en los fundamentos pedagógicos de Enrique Pestalozzi y la filosofía de Federico Froebel,  dominaba el método de la dra. María Montesori, lo demostró en las aulas y en la elaboración de materiales didácticos, así como al compartir sus conocimientos en las cátedras y conferencias. De manera magistral trabajaba con los niños y jóvenes los centros de interés de Ovidio Decroly en los cuales se basaba el Programa de Educación Preescolar de aquella época.
El juego, el canto, la expresión corporal eran sus estrategias principales. Llamaba la atención de los niños con títeres elaborados por ella o por los niños, involucraba al personal del plantel, a los padres de familia y a los agentes educativos de la comunidad como el panadero, el bombero y el policía para que enriquecieran su trabajo docente.
Preocupada por el aprendizaje de sus alumnos, elaboraba de manera creativa el material didáctico necesario para el tratamiento de cada unidad didáctica; así se hizo de loterías, dominós, ruletas, rompecabezas, etcétera. Sabía muy bien las características que debían tener de acuerdo a la edad de los niños y a las habilidades que se deseaban fortalecer o desarrollar.
La experiencia obtenida como maestra de jardines de niños, su escolaridad bien aprovechada, el intercambio con sus maestros y compañeros y seguramente la influencia permanente de su padre maestro y la admiración de sus tíos maestros, fueron el soporte para desempeñarse de manera ejemplar como catedrática de la Escuela Normal de Rébsamen en el Instituto de Educadoras y posteriormente en la Normal de Educadoras anexa a la Normal Veracruzana “Enrique C. Rébsamen”.
En la formación de educadoras de párvulos la maestra Aurora puso en juego todo su profesionalismo. Participó en la Respetable Junta Académica, máximo órgano de la institución y en el Consejo Técnico de la escuela. Por su excelente preparación fue presidenta de Academia de maestros de varias materias. Fungió como asesora y jurado de exámenes profesionales y como evaluadora de los exámenes de selección. En varias ocasiones le correspondió dirigir discursos en las ceremonias oficiales. Impartió diversas clases, en diferentes grados. Entre ellas una muy importante “Técnica de la enseñanza” donde las estudiantes aprendían a trabajar con los niños. Era ella quién supervisaba la práctica docente de las futuras educadoras, revisaba y autorizaba sus planeaciones y las visitaba y asesoraba en los diversos jardines de niños. Fue en la Normal para educadoras donde retomó sus saberes docentes como maestra de niños pequeños para compartirlos con quienes se encargarían de dar continuidad a su labor docente. Sus alumnas la recuerdan como una maestra preparada y ejemplar. Fue contemporánea y amiga de grandes educadoras como Violeta Sordo, Ma. Dolores Flores, Rosario Guevara, Elba Posada, Teresa Zaldo, Rosa Linda Zilli, Graciela Hernández y otras más.
En cada una de sus alumnas la maestra Aurora dejó la semilla que dará continuidad a su labor docente. Su preparación, su tenacidad, y su pasión por la docencia se ven prolongados a través de quienes tuvimos la fortuna de estar cerca de ella.
Ser formadoras de formadores ha sido, para ambas, una experiencia que nos permitió contribuir a la transformación social, a la construcción de mejores personas, a la difusión y conservación de la cultura, a la evolución de la humanidad y al desarrollo de ciudadanos comprometidos con su entorno.
Ser docente es un orgullo; serlo de una casa formadora, un compromiso, y ejercerlo a nivel preescolar una delicia y satisfacción. Sirva estas líneas para ensalzar la labor profesional de la maestra Aurora. Para ella mi gratitud y cariño. 



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