martes, 14 de junio de 2016

Las experiencias en el aula


Gilberto Nieto Aguilar
El trabajo en el aula ha sido un problema de método, al menos en las tres últimas décadas, desde la Modernización Educativa y la Reforma Educativa de 1993. El dilema entre instruir o formar a los adolescentes de secundaria ya se había planteado desde los años setenta, con el método expositivo y memorístico o la innovación en la aplicación de métodos participativos y activos que involucren al estudiante en su propio aprendizaje.
Se intentaba en 1993 abandonar el conductismo que asentaron Thorndike, Watson y Skinner, y comenzar a contrarrestar su enorme influencia dominante durante casi todo el siglo XX, para plantear nuevas ideas pedagógicas germinadas, incluso, durante el apogeo conductista, por psicólogos y pedagogos como Vygotsky, Ausubel, Bruner, Piaget y otros, para llevar la educación al nuevo paradigma constructivista.
Es significativo tener presente que estos paradigmas no son mutuamente excluyentes; por el contrario, en la práctica muchas veces interviene más de uno. Lo importante es reconocer los beneficios que cada cual trae al proceso educativo según los momentos, el grupo, el tema, las circunstancias del entorno, para tratar de aplicar en la clase lo que se considere más efectivo.
Al entender las características propias que subyacen en cada visión de la educación, los docentes comprenden lo que ha pasado en la enseñanza y hacia dónde va la tendencia general; pero sobre todo realizan un análisis de su propia práctica docente, del planteamiento metodológico, de las estrategias de aprendizaje utilizadas, de los elementos de la planeación, de lo que más necesita conocer, cambiar, mejorar o adaptar de su cultura pedagógica.
La profesora Alexis Wiggins (Selecciones de mayo 2016, pp. 83-85) nos relata desde su experiencia, cómo vivió una clase típica en los zapatos de sus estudiantes de secundaria. Lo que descubrió vale la pena comentarlo. Su tarea consiste en apoyar a maestros y directivos a mejorar el desempeño de los alumnos; asunto, por cierto, del más vivo interés en la escuela contemporánea mexicana.
Entró a clases de primero y tercero para vivir una jornada tal y como la viven los alumnos, destinando un día para cada grupo. Tenía que hacer anotaciones del pizarrón, tomar apuntes con rapidez, ir al laboratorio, compartir la mesa en equipo, responder cuestionamientos de los profesores, contestar un examen si lo había, anotar las tareas, manejar libros y libretas diversos, permanecer sentada todo el día y guardar silencio como los demás alumnos.
Los estudiantes pasan todo el día sentados y para ellos resulta agotador. En cerca del 90 por ciento de las clases los alumnos de secundaria escuchan pasivamente, casi sin participar; y son muchos los datos que simplemente deben memorizar. Existe poca reflexión en el aula y escasas condiciones para construir el conocimiento y jugar con aquellos que son significativos para aplicarlos en asuntos de la vida real de los alumnos.
El primer día la maestra terminó completamente agotada y se angustió al revisar la gran cantidad de tareas que los maestros de las distintas asignaturas habían pedido. Lo peor lo vivió al día siguiente, al comprobar que era una réplica del anterior. La maestra reflexionó que si pudiera volver al pasado, cambiaría algunas cosas de las clases que daba, como por ejemplo: Impondría un estiramiento obligatorio a mitad de cada clase. El maestro siempre está de pie y no imagina el cansancio de los alumnos que deben permanecer sentados y callados.
Sacrificando un poco de tiempo para el aprendizaje, en cada clase establecería una actividad que obligara a mover manos, brazos y piernas. Era lamentable que la mayor parte del tiempo los alumnos la pasaran absorbiendo información de manera pasiva. Comprendió de golpe la poca autonomía que tienen los estudiantes para elegir o intervenir en su aprendizaje.
Reflexionó que si pudiera remontarse al pasado, cambiaría su forma de impartir las clases y daría lecciones rápidas y breves, acompañadas de actividades entretenidas que estimularan la participación y el aprendizaje. Utilizaría un cronómetro con alarma cada vez que se levantara a exponer un tema y todos la tuvieran que escuchar con atención. Al sonar la alarma, cedería el turno a los alumnos para que hablaran.
La profesora Alexis Wiggins reflexionó: “Si volviera otra vez a dar clases, pediría mucha menos tarea”. Le pareció agobiante que cada maestro encargue tanta tarea, como si fuese el único que les imparte clase. En cuanto a lo pasivo y receptivo del alumno, comentó que “iniciaría cada clase resolviendo las dudas del día anterior, o de la lectura asignada como tarea”.
Le cedería la palabra al grupo para que fuesen los alumnos quienes decidieran por dónde comenzar, con el fin de que su clase sea menos pasiva y dar lugar a la gestión del conocimiento por parte del alumno. En su rol como “alumna” asegura que perdió la cuenta de las veces que les pidieron guardar silencio y prestar atención. Incluso muchos docentes se dirigieron a los alumnos con “una buena dosis de sarcasmo”. Ella misma recuerda cuando varios alumnos le hacían la misma pregunta, y con gesto impaciente les respondía: “Ay Dios; está bien, lo voy a explicar otra vez…”
Recién tomó el puesto de facilitadora del aprendizaje, para ayudar a los docentes a mejorar el desempeño de los estudiantes. Algo así como jefe de enseñanza. Bajo esta nueva visión y la reciente vivencia como “alumna”, recuerda que en su papel como madre tuvo que responder con paciencia y amor las preguntas de sus hijos y que como maestros, “podemos abrir más la puerta, o cerrarla para siempre”. El sarcasmo es un estorbo y un muro innecesario que limita la comunicación.
Le bastaron dos día de jugar el rol de los alumnos para “sentir mucho más respeto por ellos” y concluyó que “los maestros trabajan duro, pero ahora creo que los estudiantes responsables no se esfuerzan menos que ellos”. La maestra Wiggins agrega afecto y comprensión, lo que hace la diferencia para sustituir a la monotonía de la obligación. En otro orden de ideas, en Estados Unidos los grupos se conforman en promedio de 20-25 alumnos, mientras las secundarias públicas mexicanas son de 30-35 y, en las ciudades como Xalapa, hasta de 50 alumnos o más.
En las escuelas norteamericanas las calificaciones se basan generalmente en tareas, exámenes, asistencia a la escuela y conducta en la clase, lo que difiere notablemente de las escuelas mexicanas en las que no cuentan directamente para su evaluación ni la asistencia ni la conducta, dejando de lado los contenidos actitudinales establecidos en la tendencia constructivista que permea el Plan de estudios.
El afán constitucional de formar a los educandos para desarrollar armónicamente todas las facultades del ser humano y fomentar el respeto a los derechos humanos, la conciencia de la solidaridad y la justicia, el aprecio y respeto por la diversidad cultural, la dignidad de la persona, la integridad de la familia, la convicción del interés general de la sociedad, descansa en buena medida en los valores y contenidos actitudinales.
El papel de la escuela de continuo ha sido cuestionado causando que la gente ponga en tela de juicio su eficacia. Padres y maestros observan con impotencia cómo surge una gran cantidad de literatura pedagógica y miles de especialistas en educación proponen los contenidos y la metodología ideal para el aprendizaje, cobijándose en las necesidades del siglo XXI, en la “Sociedad del conocimiento” y en las tecnologías de la información y la comunicación (TIC).
Qué deben aprender los alumnos y cómo hacer para lograr un aprendizaje significativo para la vida, es el debate permanente, siendo muchas las instancias que proponen un punto de vista. La UNESCO ha establecido siete dominios de aprendizaje básicos: bienestar físico; bienestar social y emocional; la cultura y las artes; alfabetismo y comunicación; perspectivas de lectura y cognición; conocimientos básicos de aritmética y matemáticas; y ciencia y tecnología.

gilnieto2012@gmail.com

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