martes, 14 de junio de 2016

A Huitzilopochtli


Estefania Palma Licea

Las tripas de los indios rugían con feroces cánticos avivados por el hambre. Los dioses sordos y caprichosos se habían llevado la vida de las tierras y de las parcelas de maíz, con sus heladas y sus plagas que todo destruían. Para poder recuperar la semilla y la calidez de la tierra, los dioses habían pedido a los mexicas que elevaran los corazones ardientes tanto de los hombres guerreros para servir de alimento para Huitzilopochtli, como el de las más hermosas mujeres para decorar el collar de éste, el Señor del sol.
La luna brilla en el cielo como farola de guerra, anunciando las tres noches que lleva en pie la cacería. Este año los campos verán nacer los más dulcísimos maíces y los dioses harán llover sus templadas aguas para nutrir los campos. Los menos afortunados corren como pequeñas gacelas, temerosos del destino que les aguarda y los mexicas, poderosos guerreros, celebrarán la sangre derramada en favor de Huitzilopochtli.
Una guerrera Cholula se deja devorar por la maleza, boca de sombra que espera, le oculte sus pasos de los feroces guerreros, chillidos de hombre ave y rugidos hombre jaguar le avisan que están cerca. El miedo se le aprisiona en pecho ahogando un grito de imploración a la Señora del maíz, entre tanto braverío le será imposible percibir su voz. Ramajes truenan al paso de los guerreros mexicas y ella sabe lo que ha de proseguir; perdió a su padre y a su hermano en el ciclo pasado de las guerras floridas. Teme por su vida, sus hermanos menores, ocultos en una cueva, esperanzan su regreso. En el silencio de la noche, escucha a la muerte, queda, llamándole.
Plegarias al dios Huitzilopochtli nacen en la flor que late del guerrero jaguar, implorando la precisión de su lanza y de sus cuerdas. Él avanza, despacio, sigiloso como su nombre. Ha visto correr a la pequeña Cholula de piel de cobre y cabellos de pesada noche. Hace callar los alaridos de sus compañeros guerreros. Percibe el olor muerte que emana su atépetl. El viento choca contra la humedad de su cuerpo y un ruido proviene indiscreto de entre los arbustos, le ha encontrado, repitiendo la historia de la gacela que cae en las garras del jaguar.
Ella ha percibido la presencia de los guerreros, el corazón le golpetea con fuerza y el sabor a sal y tierra le amaga la garganta. Tratará de correr sin lograrlo, sus pies están aprisionados en la espesura del barro y antes de que logre empuñar su cuchillo de piedra, el jaguar le enviste por atrás a grito de guerra. Aullidos y alaridos cantan victoria a los cielos al tiempo que lanzan sus cuerdas para amarrar a la gacela. Pequeña criatura la que emana el rugir furioso de la madre tierra que hoy le entrega como tributo al señor del sol. Bastó un golpe a la cabeza para transformarla en bulto de sencillo traslado. Entre las cuevas de los alrededores, tres pequeños sienten nacer la furia contra el señor del sol.
A los pies del templo el jaguar contempla a su presa, inmóvil, en el pacífico sueño que le despertará a la muerte. Tiene el color de la tierra y sus pechos desnudos aún no han terminado de crecer. Jades y obsidianas decoran la estrechez de su cuello y plumas multicolores se le enredan descompuestas en los cabellos. Su piel destila un olor a cacao mezclado con miedo. Tiene los miembros lacerados de tanto correr y tropezar. El palpitar de su corazón le hincha las serpientes que llevan la sangre de su cuerpo. El jaguar victorioso le acaricia el vientre, imaginando la tibiez que alberga en él. Huitzilopochtli colgará gustoso, un corazón más en sus collares.
Abre despacio los ojos que por un momento nada ven. Cantos jubilosos se levantan hasta el cielo. Huele a sangre, a la sangre de su pueblo que alimenta el insaciable apetito de los dioses. Las amarras su hunden con fuerza en la piel de sus manos que lleva a las espaldas. Cualquier lucha es ahora inútil, dos guerreros la levantan de un tirón y le conducen enérgicos hasta el altar del sacrificio. Sube los peldaños a tropezones, sus pies heridos se tambalean de temor. Las hogueras tiñen de color amanecer la penumbra. A los lejos, un hombre rueda por la escalinata del norte, sin corazón, ni cabeza. Humedece sus labios tratando de aliviar la sequedad de la garganta, saben a sangre, a su sangre, a la tierra y la sal que destila por los poros de su piel. “Mujer fiera, niña gacela, siéntete honrada se ser el sacrificio que apaciguará la furia de los dioses. Ya no luches, que tu furia aquí no falta”
Él es guerrero jaguar que mantiene vivas las tierras de su gente. Ruje el jaguar, ruje con fuerza y fervor, la piel le hierve en éxtasis divino, sintiendo en las palmas de sus manos los últimos cantares del corazón de la gacela. Su pequeño cuello cabe sin dificultad entre las manos del guerrero. Las voces de su pueblo le aclaman, cantan al hombre que hace dichoso al Dios. La obsidiana que adorna la corona emplumada del sacerdote brilla mientras eleva su cuchillo de piedra hasta los cielos. Penetra, despacio en la piel de la gacela que muere en el eco de su último grito de guerra. Chorrea sangre del altar hasta los peldaños. Las fuertes pisadas de los danzantes hacen vibrar la tierra bajo sus pies.
A lo lejos, los dioses blancos y barbados han logrado llegar desde sus naves que flotan en el mar hasta las tierras mexicas y ocultos tras la arboleda miran asombrados el ritual de los salvajes. Traen en manos, un hombre sangrante en cruz, que devorará el corazón del mismísimo Huitzilopochtli, buscando la santificación de un pueblo que canta profanamente al sol.





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