jueves, 12 de mayo de 2016

Café con Javier Ortiz, ése árbol de palabras generoso

Café con Javier Ortiz,
ése árbol de palabras
generoso
Lucio Gómez Pazos                                                                 
Enseñar a alguien es llevarlo de la mano de la conversación, hasta el borde mismo de la comprensión                                                                                       .  
                                                                                                     Jorge Wagensberg                 
  
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ener amistad con Javier Ortiz, no significa, como reza el proverbio chino, “comer juntos un saco lleno de sal”, equivale a conversar animadamente, con un café de por medio, con el mayor de los entusiasmos y como si se tratase de un adolescente.

Javier Ortiz es un gran conversador, lo cual no es poca cosa cuando pareciera que vivimos en un mundo de ensimismados y zombis, es un gran conversador por una razón fundamental: es un árbol de palabras, capaz de convertir en tema de interés  una triste pared de adobe o de lograr que alguien que luzca la seriedad de un cara de caballo se desternille de risa al oírlo hablar.

Parte de lo que voy a decir se lo escuché o lo comenté con el  maestro Javier en un café ¿Por qué en un lugar como este? Tal vez porque siempre ha estado a favor de que el conocimiento se desacralice y salga del claustro, es decir de las aulas, para que se comparta, se discuta, se oxigene y circule.

En una ocasión en que hablé con él sobre el azar y el destino, le comenté que a mí este último me parecía una desgracia, es decir un fatum, en el sentido de fatalidad, al pensar que todo ya está trazado, de ahí que yo prefiriera lo incierto y las minucias que en la vida nos van sucediendo y que, gracias a éstas, nos posibilitan ir tomando algún derrotero sin ningún plan preestablecido. Por supuesto  que disintió de mí sobre el asunto del azar, sin embargo discurrió, a mi parecer muy sartreanamente, sobre la importancia de tomar las riendas de la propia vida, de que no hay nada preestablecido o hecho, de que estamos condenados a la libertad querámoslo o no y por lo tanto, por así decirlo, de que en cada acto nos jugamos la vida. De ahí que seamos siempre un proyecto, es decir posibilidad, capaces de hacer historia y de modificar nuestras circunstancias.
 En tal sentido, siempre he pensado que a Javier continúan entusiasmándole algunos planteamientos de Sartre y es consecuente con ello; por ejemplo el dictum sartreano: “La existencia precede a la esencia” es algo que, no es exagerado decir, toma a pie juntillas; en virtud de que si no hay un fundamento que  legisle sobre el mundo o la vida lo que nos queda es la existencia y en ella, con todas las decisiones que vayamos tomando, nos vamos construyendo o forjando un destino, es decir una historia. Amén a la libertad o a sentirnos libres experimentamos la angustia la cual nos impela a llenar de sentido la propia existencia y con ello negar con vehemencia todo nihilismo.

Este árbol de palabras llamado Javier, en cierta ocasión, y casi de paso, me sugirió leer La Náusea, novela emblemática de Sartre, la cual, entre otras cuestiones versa sobre cómo al protagonista, Antoine Roquentin, se le revela la absurdidad de la vida, es decir su contingencia y por lo tanto su ‘ser para sí’; situación que lo lleva a confirmarse en cada acto, como lo expresa en el siguientes párrafo: “Cada instante aparece para atraer los siguientes. Me aferro a cada instante con toda el alma, sé que es único, irremplazable y sin embargo no movería un dedo para impedir su aniquilación”.  Asimismo, este hecho inusitado o acto de revelación, me recordó a uno de los más hermosos versos que he leído de Darío Jaramillo Agudelo: “Y cae el azul entero de cielo sobre su alma”, suceso que si bien puede ser un mazazo en el cráneo es también una apertura, un desasosiego, vida por vivir.

Este gran conversador que es Javier, ha capoteado la vida sin cortapisas, vive uncido a este mundo de tiempo completo, conoce de sus abismos y beatitudes, de ver la realidad ‘monda y lironda’, de ahí que en más de una ocasión me haya dicho con entusiasmo la sensación que le produce el espléndido arranque de Los días terrenales, novela de quien probablemente sea su escritor mexicano predilecto, José Revueltas. El inicio de dicha novela es este: “En el principio había sido el Caos, más de pronto aquel lacerante sortilegio se disipó y la vida se hizo, la atroz vida humana”. He aquí el hombre de nuevo, a merced de su propia valía, con el vértigo a cuestas pero libérrimo por antonomasia. Sobre esto último, diré un dato que tal vez tenga alguna importancia, el propio Revueltas ha señalado que le hubiese gustado llamar a toda su obra, con excepción de sus cuentos, Los días terrenales, uno de los motivos puede ser el siguiente: tener a la terracidad como única patria, patria en la que Javier ha adquirido carta de ciudadanía.

Conversar a menudo con el maestro Javier Ortiz, ha sido para mí uno de los acontecimientos más gratos que he tenido, puesto que se está ante un indiscutible historiador, cuya pasión por la filosofía de la historia es más que evidente, pero también porque es un gran educador que generosamente comparte un saber y te hace copartícipe del mismo sin ostentaciones u oropeles.
Es un gran educador en virtud de que te alienta a que experimentes en carne propia el gozo intelectual, el éxtasis del pensar; es un gran educador porque te contagia para  que busques y te atrevas a andar y desandar tus propios derroteros intelectuales, porque te anima a contradecirlo si la ocasión lo amerita. Es un educador a cabalidad porque sabe llevar a la práctica el siguiente aforismo de Wagensber que alguna vez me compartió: “Educar no es llenar, sino encender”.
Con este hombre de palabra fácil que responde al nombre de Javier, he charlado de los más disímiles tópicos: de su pasión por el futbol y su afición a prueba de todo cataclismo por los Tiburones Rojos de Veracruz- lo cual es un acto de osadía o aún de temeridad- (Borges ha dicho que habrá que inventar un juego en el que nadie, coincido con él),  he platicado con Javier de su gusto por los antojitos de Altotonga, su terruño, a los que le hemos hincado el diente en más de una ocasión, asimismo, me ha comentado, sin la menor presunción, que tuvo la suerte de conocer a don Ermilo Abreu Gómez, a José Revueltas, a Genaro Vázquez,  a José Agustín, al maestro Gonzalo Aguirre Beltrán y a un largo etcétera.

El maestro Javier, como buen lector que es, me ha sugerido múltiples y variados libros, que estoy leyendo o pienso leer, entre las que se encuentran: Introducción a la historia de Marc Bloch, El Príncipe de Nicolás Maquiavelo, Contra la corriente: Ensayos sobre historias de las ideas de Isaiah Berlin, Homo ludens de Johan Huizinga, Cándido de Voltaire, Gog de Giovanni Papini, Estampida de Poemínimos de Efraín Huerta, entre muchos más.

A MENERA DE CIERRE: SI ME CONTRADIGO EXISTO

Una vez Javier me dijo que había proscrito de su vocabulario la palabra compañero porque le recordaba a las juventudes comunistas, en las que formó parte durante sus años mozos, y no es que reniegue de esto si no que lo encuentra fuera de lugar, por eso prefiere mejor la palabra amigo; de ahí que cuando timbra mi celular y es Javier quien llama, casi invariablemente me dice: ‘Amigo, te invito un café…’, sin embargo, y no sobra decirlo, continúa oficiando el compañerismo sin restricciones, continúa poniendo en práctica el cum panis, es decir el ‘compartir el pan’, que es lo que en sentido estricto significa la palabra compañero; seguramente Javier lo tiene muy presente por eso comparte el pan, el saber y la celebración por la vida con la mayor de las generosidades, con el mayor de los apegos; lo anterior, por supuesto, quienes lo conocemos lo sabemos sobradamente.

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