lunes, 13 de abril de 2015

El potencial humano y los otros seres humanos


Gilberto Nieto Aguilar
Paul B. Baltes y Alexandra M. Freund, creadores de un modelo teórico que pretende establecer las bases para el estudio de las fortalezas humanas a partir de la “sabiduría” y del SOC (Selective Optimization with Compensation) tienen a su cargo el Capítulo 2 y principian por esclarecer su idea de “potencial humano”. 
Proponen que es el conocimiento y la comprensión (sabiduría) de lo pragmático y fundamental que tiene la vida, manifestado durante la existencia a través del manejo de diversas estrategias de selección, optimización y compensación (SOC), de acuerdo con los análisis antropológicos, culturales y filosóficos que ha generado la evolución humana. El problema está en equilibrar la correlación entre conocimiento y comportamiento, muy lejos de ser perfecta, para acortar la diferencia entre sabiduría como conocimiento y sabiduría como comportamiento, jugando en esto un papel primordial la sabiduría y la voluntad.  
El concepto de potencial humano es multidisciplinario, dinámico en lo contextual, sujeto a normas integrativas, lazos transdisciplinarios e información descriptiva acerca de lo que es un comportamiento humano deseable o no deseable. Tal concepto representa una condición de aprendizaje a lo largo de la vida y de flexibilidad para dominarla; regula la dirección de las metas personales y de los medios para lograrlas; contribuye no sólo a ayudar al desarrollo y crecimiento de los individuos, sino también a hacerlos participantes eficientes que combinan inteligencia, emoción y motivación para promover el bien individual y el bien común.
No hay declaraciones universales en esta concepción de vida, pues cualquier criterio que se seleccione tendrá otros que resalten los fallos del enfoque elegido. Lo que parece posible, es utilizar una orientación teórica en particular y especificar sus implicaciones dentro del concepto de potencial humano, reconociendo las posibilidades, limitaciones o restricciones probables en la orientación teórica preferida.
Así tenemos que el potencial de las fuerzas humanas se puede entender desde la perspectiva de una psicología de la vida, basada en el modelo de la mente óptima o de la persona ideal que a través de los tiempos se ha concebido. Un ejemplo de mente humana óptima es la idea de sabiduría sobre las habilidades del manejo del conocimiento teórico sobre la vida buena, correcta y saludable; y su implementación práctica con técnicas de optimización selectiva y compensaciones como expresión y metas a seguir.  
Baltes y Freund reconocen que algunos autores consideran que su idea del “estado final” de la mente es un concepto abandonado por la psicología del desarrollo. Sin embargo, teorías como el desarrollo cognitivo de Piaget o los estadios psicosociales de Erik H. Erikson tienen grandes méritos teóricos y han estimulado muchos estudios empíricos, válidos todavía a pesar de que las metas y contextos del desarrollo humano hoy son más complejos, dinámicos y variables que en el pasado cercano.  
Hoy se tienen que delinear proposiciones desde un sistema de comportamiento que promueve globalmente la continua adaptación y el dominio de nuevas circunstancias de la vida, lo que requiere una perspectiva integrativa y sistémica alojada en “el arte de la vida”. En el pasado, la adultez casi era lo mismo que la madurez. Convertirse en adulto era una meta relativamente fija y donde “ser” era una posibilidad. Ahora, la adultez no es un estado final de la vida, sino que sigue siendo un estado en permanente cambio o transición, en parte por el aumento de la longevidad para la cual no está bien equipado el ser humano.
Una vida más larga, los rápidos cambios tecnológicos y la globalización, precisan que se olviden algunas habilidades aprendidas y se aprendan otras nuevas, para continuar participando activamente en la sociedad optimizando saberes, actitudes y procesos del hacer. Esto ha provocado que el siglo XXI sea el tiempo de la mente permanentemente incompleta, con una gran presión sobre la gente a la que le precisa consumir nueva información y desarrollar habilidades para adaptarse flexiblemente a los cambios que se están sucediendo.
Ellen Berscheid, de la Universidad de Minnesota, cuyo trabajo teórico y empírico es principalmente en el dominio de las relaciones interpersonales estrechas, incluye un ensayo titulado “La mayor fuerza del ser humano, otros seres humanos” en el libro Psicología del Potencial Humano ya comentado en esta columna. Propone, para abordar sus estudios, una distinción entre el amor como pasión y el amor como compañerismo amistoso.
Hace 60 años (1954) Abraham Maslow criticó duramente a los psicólogos por no preocuparse por el compromiso recíproco entre los seres humanos. “Es asombroso –dijo– lo poco que pueden ofrecer las ciencias empíricas sobre el tema del amor. Tal vez sólo sea otro ejemplo del desliz en que caen los academicistas, que prefieren hacer lo que les resulta más fácil en lugar de lo que realmente importa”.
Cuando Maslow tronó contra los psicólogos, pretendía que se involucraran en el tema sobre las “emociones humanas”, cuyos contenidos fascinantes incluyen el amor y –según los nuevos términos de la ética social, la convivencia, la solidaridad y la cultura de la paz–, el cuidado del otro. Cuando Schachter (1964) realizó, a principios de los años sesenta, experimentos sobre la emoción, estimuló el renacimiento de la teoría y la investigación de las emociones que hoy tienen varios seguidores… y algunos polemistas.  
Cada comportamiento humano está engarzado en sus relaciones con otras personas. Tradicionalmente la explicación de la naturaleza de respuesta emocional humana, en especial de su sustrato biológico, ha constituido un punto de interés para la psicología de la emoción. Ellen Berscheid cita a Robert Zajonc (1998) quien afirma que, aun cuando el reino de las emociones es un estado interno del individuo, está por encima de todo fenómeno social. Las emociones “son la base y el producto de la interacción social, sus orígenes y su moneda corriente” concluye Zajonc.
Cada día hay un mayor consenso entre los psicólogos evolutivos respecto a que las relaciones constituyen el único y más importante factor responsable de la supervivencia del Homo Sapiens. Según D.M. Buss y D.T. Kenrick (1998), la psicología evolutiva sitúa a la interacción social y las relaciones sociales en el centro de la acción.
Muchos argumentan que un pequeño grupo cooperativo ha constituido una estrategia de supervivencia primaria de los humanos desde el comienzo de la evolución, y L.R. Brewer y B.M. Caporeal (1990) consideraron que las relaciones sociales ofrecen “un mediador entre los primeros homínidos y el medioambiente físico natural, incluyendo protección para los depredadores, acceso al alimento y aislamiento de los elementos naturales”.
John Bowlby (1982) considera que el comportamiento de apego es una tendencia evolutiva del individuo que trata de mantener la proximidad con otros miembros de la especie. El rasgo definitorio del apego durante toda la vida humana es que la figura de ese apego se alza como una fuente de seguridad y ayuda ante las amenazas percibidas en el entorno.
Es probable que se busque el apego especialmente en momentos de estrés, ya que la sola presencia de una figura de apego puede reducir la intensidad de las reacciones fisiológicas, cuyo efecto en el cerebro humano ha sido admitido recientemente. Dan Siegel (1999) sostiene que las relaciones sociales tempranas de los infantes “tienen un efecto directo sobre el desarrollo de los dominios del funcionamiento mental que forman nuestro anclaje conceptual: memoria, narración, emoción, representación y estados de ánimo”.
Por eso Roy F. Baumeister y Mark R. Leary (1995) consideran como una necesidad fundamental “pertenecer” a un grupo como la familia, amigos, clubes, agrupaciones diversas, sindicatos, etcétera. Esta evidencia sugiere que la necesidad individual de pertenecer a la comunidad humana se logra mediante interacciones frecuentes y placenteras, en el contexto de un encuadre estable y duradero en cuanto a la preocupación por el bienestar mutuo.
La satisfacción de esta necesidad, por ejemplo, con el inicio de una nueva amistad o relación sentimental, o en la aceptación dentro de un grupo mayor, se suele manifestar en la experiencia de emociones y sentimientos positivos, mientras que su frustración –ser rechazado por los demás– a menudo le conducen a experimentar emociones y sentimientos negativos. Varios estudios demuestran que las relaciones con otros tienen un papel esencial en la salud física y mental, y pocos se sorprenden de la asociación que surge entre su salud mental y la felicidad, con el estado de sus relaciones intrapersonales. 
Hay quienes niegan y minimizan su dependencia de otras personas. O son muy individualistas o dicen ser grandes solitarios, en una utopía que niega al ser, que sólo se manifiesta en presencia de los otros seres humanos.
Se ha hablado más de la agresión y la competencia que del altruismo y otros comportamientos prosociales. Lo mismo pasa con las emociones negativas como el enojo y el temor en comparación con el amor y otras emociones positivas. El desarrollo de una psicología positiva que se centre en el potencial de las fuerzas humanas más que en las debilidades haría bien en sentar sus bases en este hecho fundamental de la existencia humana.

gilnieto2012@gmail.com

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