lunes, 10 de marzo de 2014

La imbricación discursiva: tres miradas de lo otro

TEMAS Y AUTORES
Silvestre Manuel Hernández
Coordinador del Consejo Editorial de Tlanestli. Amanecer.
Investigador de Ciencias Sociales y Humanidades,
UAM-I, Ciudad de México
silmanhermor@hotmail.com

La segunda mitad del siglo XX nos legó un corpus teórico–literario cuyas raíces se encuentran en el Cours de linguistique générale (1915) de Ferdinand de Saussure, en la fenomenología husserliana, el formalismo ruso, el estructuralismo de corte antropológico de Claude Lévi–Strauss y en la develación de “la muerte del autor” hecha por Roland Barthes. Las tesis de cada instancia dieron la pauta para analizar el fenómeno literario desde distintos enfoques: 1. lo puramente verbal, es decir, la búsqueda del significado de las prácticas lingüísticas; 2. lo que no aparece de forma expresa en el lenguaje–discurso, pero se presupone su sentido o ser; 3. los elementos formales del lenguaje literario, lo poético; 4. las relaciones de parentesco en tanto elementos significativos pertenecientes a un sistema social y cultural; 5.  la sustentación de que no hay un autor–sujeto como tal, ostentado en las obras literarias, sino lo que caracteriza a la novela, a partir de Honoré de Balzac con Sarrasine, es que “[…] la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen: la escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que van a parar nuestro sujeto, el blanco y negro en donde acaba por perderse toda identidad del cuerpo que escribe”.[1] En términos concretos, el lenguaje y los discursos remiten a otros lenguajes y otros discursos. La polisemia se instaura y el teórico e investigador forja nuevos modelos interpretativos de la obra literaria, de su contexto y de su valía estética.
     A partir de estos referentes, y de otros muy puntuales y justificados, Ivonne Flores Caballero realizó una investigación que da por resultado el libro El cruce de las fronteras en la escritura de Óscar Acosta, Mario Bencastro y Esmeralda Santiago.[2] El texto se inscribe en los estudios latinoamericanos, en esa conjunción de pensamiento, literatura, historia y política que denota cierta forma de ser y hacer del hombre latinoamericano, que dialoga con Europa o los Estados Unidos de Norte América, con un lenguaje y una cultura que se re–apropia a través de la producción literaria, artística e intelectual, por medio de la cual expresa “su mundo”, su interioridad, su idiosincrasia, su afianzamiento ante el otro y su axiología que lo diferencia y reconoce ante–sí. A esto, la autora agrega una perspectiva social y un trasfondo antropológico–literario, para complementar las teorías posestructuralistas y poscoloniales que están en la base formal de su análisis.
     Flores Caballero deconstruye y re–crea las cuestiones primarias de las obras de tres escritores binacionales y biculturales: Óscar Acosta, La autobiografía de un búfalo prieto; Mario Bencastro, Odisea del Norte y Viaje a la tierra del abuelo; Esmeralda Santiago, Cuando era puertorriqueña y Casi una mujer. La estructura del trabajo se apega a tres conceptos nodales: la cultura, la ideología y la revalidación que ocupa el sujeto en el mundo, en tanto subalterno: el otro y el desplazado.
     La autora divide su libro en tres capítulos: “Identidad versus otredad”, “El desplazamiento… ¿al norte o al sur?” y “Espacios de representación”. Intelecciones que entiende como una denotación literaria–social–antropológica donde se establecen los nexos y diferencias entre lo real, lo imaginario y lo simbólico. Con esta formulación, aborda los problemas de identidad–otredad de los personajes–autores, las variaciones socio–culturales y del imaginario, los viajes internos y externos, las fronteras físicas y abstractas, la hibridación y/o asimilación de la cultura–escritura, la intraterritorialidad y la extraterritorialidad novelada y concreta.[3]
I. La identidad
El proceso identitario está sustentado en la interrelación discursiva de dos “visiones del mundo”, o dos formas comportamentales con respecto a una realidad que puede actuar de tal o cual manera en situaciones y espacios de acción, públicos y privados, establecidos.
    De acuerdo con lo anterior, y con los objetivos y capitulación de El cruce de las fronteras, encuentro tres líneas de investigación para hablar de la identidad en las obras de Acosta, Bencastro y Santiago:
a. El enfrentamiento de dos lenguas en un sujeto narrativo que aprehende a nominar las cosas y los hechos de acuerdo con el lugar donde se encuentra. Lo cual genera una delimitación espacial del uso del lenguaje en situaciones concretas: vínculos entre los personajes centrales y los otros: chicanos y estadounidenses, puertorriqueños y estadounidenses, salvadoreños y estadounidenses.
b. Direccionalidades identitarias con base en lo que se es y a lo que se quiere o impulsa a ser. Los protagonistas aparecen como seres en proceso que descubren al otro, las costumbres y el “valor” de incorporarse a una cultura a partir de la contraposición de dos “capitales simbólicos” (el propio y el gringo). Donde, aclara nuestra autora: “El Otro es percibido como un actor irreal estereotipado o asociado a un principio metasocial: el mal, la decadencia, el diablo; en el proceso de aceptación, la otredad puede ser también asimilada, neutralizada o disfrazada” (p. 43).
c. De forma velada, hay un infradiscurso que exalta las bondades del sistema norteamericano e “invita” a afirmarse en él, a identificarse con él.
    Estas perspectivas permiten decantar la identidad en tanto construcción de sentido de pertenencia a una denotación física y conceptual nombrada chicanidad, puertorriqueñidad y salvadoreñidad, las cuales pueden tomarse como referencias discursivas con una implicación artística y social.[4] Son “referencias enunciativas” sin sujeto de la enunciación, pues no se define ni trasluce el “ser chicano”, “ser puertorriqueño” y “ser salvadoreño”, es decir, en las novelas no se plantea de forma directa (en términos ontológicos) esta cuestión. Pero se puede “construir”, discursivamente, a través de la contraposición de los espacios de acción de los sujetos. Por ejemplo, los modos de hablar y las referencias lingüísticas, cuando se alude  a familiares, a miembros de la comunidad o a estadounidenses. En cada uno de estos espacios, se aprecia que el uso de la lengua no es un simple acto de habla, sino un cuerpo discursivo con un peso semántico–social muy importante, debido al “mundo” o problemática que en uno u otro aspecto se refleja.
     Ahora bien, tanto la identidad colectiva como la individual, se definen a lo largo de las interacciones dialógicas operadas en los espacios sociales. Lo mismo ocurre con el sentido de pertenencia. Y, esta, puede darse como una identificación con cierto estilo de vida, que no sólo es económica, sino mental y ética; es decir, la “identificación” implica una toma de posición y convencimiento sobre preceptos e ideas que guían a la comunidad.
     No es algo nuevo decir que a través del intercambio discursivo se establece un corpus simbólico entre los miembros de una comunidad, el cual está integrado por imágenes, ideas, valores, que ayudan a la construcción de las representaciones del individuo como persona y como miembro de un grupo, comunidad o nación. Y, gracias a los usos de la lengua, la constitución de la cultura,[5] necesaria para la afirmación identitaria, se condensa y estetiza en obras literarias.
    En las autobiografías que indaga Ivonne Flores Caballero, se puede hablar de una dimensión locativa de la identidad, debido a que las familias de los protagonistas pueden ser ubicadas en un campo de acción (y simbólico) distinto al determinante de la comunidad anglosajona. Esto, como consecuencia de que en las sociedades modernas no hay un universo simbólico unitario que de sentido a todos los ámbitos de acción del ser humano; por ende, no hay identidades que agrupen a todos los sujetos, y sí individuos forjadores de su identidad.
    Al respecto, la autora deconstruye la identidad a través de: el sujeto como el otro, el cuerpo, el vestido, el nombre, la comida, la religión, la música, el hogar, la familia, la patria y la escritura. Sobre lo último, hace suya una formulación de Graciela Montalvo:
La escritura, como operación territorializadora, manifiesta su naturaleza esencialmente política y se constituye en una maquinaria generadora de metarrelatos de legitimación de los procesos de apropiación del espacio, ordenando sus proyecciones desde categorías unificadas que se definen políticamente en centros y periferias, metrópolis y colonias, naturaleza productiva y desiertos, civilización y barbarie (p. 94).
      La identidad puede apreciarse como la dimensión subjetiva de los actores sociales, es decir, el punto de vista que se tiene sobre sí mismo, lo cual es distinto a la personalidad o al carácter, también creados subjetivamente. En términos generales, puede definirse como un reconocerse en ciertos valores, actitudes e imágenes que forman rasgos operacionales y codificables que marcan las fronteras simbólicas de interacción social. Así, una identidad se afirma en la medida de su interacción con otras identidades: México–Estados Unidos, Puerto Rico–Estados Unidos, El Salvador–Estados Unidos.[6] Es un proceso social donde el individuo se reconoce como parte de una identidad,  en cuanto se reconoce/contrapone en otra identidad.
     Asimismo, la estructura identitaria parte de un principio de diferenciación donde los sujetos se autoidentifican gracias a la diferencia que tienen con otros sujetos o grupos sociales. Estas diferencias parten del reconocimiento de saberse hombre/mujer, blanco/negro, latino/anglo, etc. Hasta las tomas de conciencia del uso y función del lenguaje propio, así como el capital simbólico–cultural que le ha dado un  lugar en un grupo social. El otro componente de la estructura identitaria es el principio de integración, aquí, las diferencias se subsumen en aras de la unidad–identidad del grupo.
II. La autobiografía y la frontera
A partir de la interrelación de las tesis expuestas en el libro de Flores Caballero, y de las citas de los autores en estudio, puedo argüir que uno de los rasgos semánticos de la escritura autobiográfica es su condición de “documento objetivo”, producto de la subjetividad, mediante el que se testimonia la existencia real de una persona y del grupo al que se pertenece. En este género, se tiene la intención de que lo presenciado no desaparezca con el relator; para lo cual, el discurso se sustenta en cierto valor de verdad o principio de verosimilitud, así como en la referencia a hechos concretos, lugares y fechas que, en el fondo, avalan la veracidad de la narración. Piénsese en que la memoria va dejando rastros, directos o indirectos, del quehacer humano vertido en la escritura. Y, ya en el interior, la “ficción autobiográfica” se hunde en la realidad humana vuelta experiencia estética.
    En esta vertiente, por medio de “la mirada en el espejo”, de la contemplación de la imagen de uno mismo y de la devuelta por los demás, el individuo aprende, de este modo, a valorarse no sólo en función de los otros, sino como un otro, un cuerpo que le pertenece aunque no siempre se identifica con él, una imagen que proyecta voluntaria e involuntariamente a los demás, creando entre el yo consciente, que se siente, y el yo social, que los otros ven, ese espacio autobiográfico en el que se podrá rectificar mediante la narración, “la imagen que los demás tienen de uno y que va conformando el autoconcepto que crea el sujeto. Por comparación con los otros, en comparación con ellos, también se va construyendo la personalidad del individuo”.[7]
    En estos menesteres se adentra el aparato crítico de la autora, para esclarecer los peldaños de la interiorización del sujeto, refractarlo en los espacios, reales y simbólicos, por donde los protagonistas de las novelas transitan. Hasta llegar a la dilucidación de los gentilicios chicanidad, puertorriqueñidad y salvadoreñidad; desde el desplazamiento geográfico, hasta el recorrido interno de los escritores a través de sus personajes. Dejando entrever que la escritura de Acosta, Bencastro y Santiago, no es ajena al contexto social clasista–benefactor, a las relaciones de poder, de propiedad o de género, que impregnan el modus vivendi norteamericano. Así, tanto la estructura de las obras en estudio, como la estructura de El cruce de las fronteras, plasman la otredad a partir del reconocimiento de la mismidad, de esa confluencia discursiva que aprehende subjetividades cuando reconoce y crea universalidades literarias: lo universal a través de lo particular, algo sobre lo que ya había reflexionado Wolfgang von Goethe.[8]
     La cuestión de la frontera, del espacio, de la representación de un adentro / afuera, de un norteamericano / ilegal, de una nación / extranjeros, de un americano / latino, de un  primer mundo / tercer mundo, lo aborda la autora con formalidad, apoyada en las fuentes biográficas de los escritores y en un aparato crítico pertinente. Pues, “al tratar las fronteras invisibles y simbólicas, dentro del estructuralismo, posestructuralismo y la deconstrucción, el sujeto se constituye a través de su práctica textual, con el lenguaje y la palabra, con los conceptos de fragmentación–unidad, abierto–cerrado, identidades–otredades” (p. 219). Pero, de forma llana, sin que esto represente una simplificación; la frontera, interna o externa, geográfica o simbólica, nos coloca ante lo otro, ante la posibilidad de un reconocimiento que es de ida y vuelta, para sí mismo y para lo que nos confronta. De igual forma, implica dos narratividades: lo que decimos y lo que nos dice, dos sentidos, dos referentes.
   En suma, el libro de Ivonne Flores Caballero, El cruce de las fronteras en la escritura de Óscar Acosta, Mario Bencastro y Esmeralda Santiago, puede analizarse a partir de los siguientes trinomios:
Autor – escritura – personajes
Realidad – obra – cultura
Frontera externa – lenguaje – frontera interna
Discursos – espacio simbólico – identidad
Lo político – lo otro – lo social
    Dentro de los cuales pervive “el origen de todo”, el lenguaje, el verbo; además, sirven de instrumento metodológico para decantar los niveles de investigación de la autora, quien resemantiza la producción literaria del trío de escritores. Durante su exégesis, imbrica discursos, voces y temas, para presentar tres miradas de lo otro: lo escritural, lo cultural y lo identitario. Todo ello, en ponderada armonía con un cuerpo teórico que invita a la discusión y a la confrontación de las obras literarias binacionales y biculturales, pero humanas y estéticas en la plenitud de los términos. Concluye Flores Caballero: “Óscar, Negi y Calixto cruzaron sus límites, que los ubicó no sólo como escritores hispanoamericanos en Estados Unidos de la migración y la diáspora de 1972 a 1999; sino como voces de sujetos, que representados en personajes, alcanzaron el nivel de maestros de la reintegración y recuperación de sí mismos, a través de la obra literaria” (p. 222).


Bibliografía
Barthes, Roland, “La muerte del autor”, en El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y de la escritura. Trad. de C. Fernández Medrano, Barcelona, Paidós, 1987, pp. 65 – 71.
Bencastro, Mario, Viaje a la tierra del abuelo. Houston, Texas, Piñata Books, Arte Público Press, 2004, 139 p.
Eckermann, Conversaciones con Goethe. Trad. J. Pérez Bances, Argentina, Espasa–Calpe, 1950, 164 p.
Puertas Moya, Francisco Ernesto, Aproximación semiótica a los rasgos generales de la escritura autobiográfica. Pról. de José Romera Castillo, España, Universidad de la Rioja, 2004, 164 p.
Said, Edward W., “Cultura, identidad e historia”, en Gherhart Schroder y Helga Breuninger (compls.), Teoría de la Cultura. Un mapa de la cuestión. Argentina, Fondo de Cultura Económica, 2005, pp. 37–53.
Santiago, Esmeralda, Cuando era puertorriqueña. New York, Vintage Books, 1994, 296p.





[1]  Roland Barthes, “La muerte del autor”,  p. 65.
[2]  Publicado por Plaza y Valdés, México, 2012, 261p. ISBN: 978 – 607 – 402 – 477 – 7 En lo sucesivo, cuando me refiera a esta obra, sólo anotaré el número de la página, entre paréntesis.
[3]   El lector encuentra un plus gracias a las ilustraciones y poemas de Wolfgang Ball, quien plasma un mundo en constante diálogo con los referentes del texto de Flores Caballero, con el neofigurativismo y con las sorpresas de la palabra vuelta imagen, pero que en su forma y en su fondo, muestran un valor dialógico, para y para el otro.
[4]  Al analizar la obra de Esmeralda Santiago, Cuando era puertorriqueña, la identidad puede engarzarse en dos esferas: una, la que opera en lo individual de la existencia de Negi con su familia y con el trato con los norteamericanos; otra, el discurso interno que retrata la “forma de ser” de los consanguíneos de la protagonista y de ella misma. Ambas, contrapuestas a los estándares de vida refractados en los diálogos o descripciones de “lo norteamericano”, pero, al final, asimilados al “mundo” anglosajón.
[5]  De acuerdo con los planteamientos de Flores Caballero y de Edward Said, lo que denota la interdiscursividad literaria, así como los contextos a partir de los cuales cada autor escribe, es la hibridación de la cultura; pues, a decir de Said: “Todas las culturas son híbridas; ninguna es pura; ninguna es idéntica a un pueblo racialmente puro; ninguna conforma un  tejido homogéneo. Más aún, todas las culturas incluyen en su constitución una parte significativa de invención y fantasía –mitos, si se prefiere– que participan de la formación y la renovación de las imágenes que una cultura tiene de sí misma”.  “Cultura, identidad e historia”, p. 50.
[6]  Por ejemplo, en la novela de Mario Bencastro, Viaje a la tierra del abuelo, la identidad se expresa a partir de tres instancias: el abuelo, el nieto y la escuela Belmont High; que a su vez se refractan en tres realidades: El Salvador, los Estados Unidos y la familia de inmigrantes. Y, con base en ello, se establece un desplazamiento discursivo de coexistencia a origen, para patentizar cómo se forja un tipo especial de identidad en el protagonista, Sergio.
[7]  Francisco Ernesto Puertas Moya, Aproximación semiótica a los rasgos generales de la escritura autobiográfica, p. 102.
[8]  La primera concepción de la universalidad gracias a lo particular, sin perder lo particular, es de Goethe, quien, el 31 de enero de 1827, conversando con Eckermann acerca de una novela china que leía, le hace saber de las afinidades que encontró en su epopeya en verso Hermann y Dorotea y con las novelas de Richardson. Para luego deducir que la expresión “literatura nacional” no significa gran cosa, debido a que nos encaminamos hacia una época de literatura universal, y cada quien debe empeñarse en acelerar el advenimiento de esa época. Es decir, mientras más particular se es, en tanto que se conoce mejor el uso del lenguaje, más universal se es, porque hay vínculos y esencias lingüísticas comunes a las naciones. Véase Eckermann, Conversaciones con Goethe, pp. 145–151.

No hay comentarios: