miércoles, 12 de febrero de 2014

Estudio Crítico de la obra de Rafael Delgado


 

Carlos Aguilar Muñoz

EL PRECEPTISTA O DIDACTA

 

En la imprenta del Gobierno del Estado de Veracruz, se imprimió, en 1904, la primera parte de sus Lecciones de Litera­tura (Estilo y composición), dedicadas a alumnos del Colegio Preparatorio de Xalapa, en donde, como en Orizaba, profesó literatura por varios años. La segunda parte no llegó a imprimirse. El maestro dictaba los apuntes en clase. Dicha segunda parte se denomina Retórica y Poética.

La obra, como el mismo Delgado lo hace constar en el prólogo, no es del todo original. "Tiene mucho de Lefranc", nos dice, hasta el grado de haberla traducido (frecuentemente) con fidelidad minuciosa".  

Pese a la honradez del autor, hay en la obra mucho de cosecha propia y, desde luego, el mayor elogio que puede hacerse que en ella revela su calidad de esteta  crítico, porque siendo como era férvido orador de lo clásico, y, enemigo, por tanto, del decadentismo no tiene empacho en decirnos: "Además, -debemos decirlo- los autores de esas obras, en su mayor parte andan mal informados, tal vez ayunos  en cuanto se refiere a los procedimientos del arte contemporáneo, maravillas en sus aciertos, y digno de interés hasta en sus mayores extravíos".

Al hablar de que a muchos causará extrañeza que haya dado poco lugar a los clá­sicos españoles de los siglos XVI y XVII, también nos dice:.. Esto quedará explicado más adelante, al tratar de la forma­ del éstilo. Nos limitaremos a decir que cada época tiene el suyo y que actualmen­te el estilo de aquellos célebres ingenios resulta para los estudiantes, penoso, cansa­do y casi siempre oscuro. Las lenguas se modifican y se perfeccionan y si bien es cierto que pierden mucho de su carácter nacional y castizo, ganan, y no poco, en fle­xibilidad, soltura y eufonía. Digámoslo con el respeto que nos inspiran tales ingenios: cuántos escritores contemporáneos de tantos como al presente abundan en España, escriben mejor que muchos antiguos, cuya autoridad invocamos a cada instante".

Ponderación de crítico y de esteta que, enamorado de la belleza, la confiesa donde existe.

Tiene, además, las Lecciones de Lite­ratura, el mérito de su nacionalismo, por la abundancia de citas y de ejemplos de escri­tores mexicanos y como es lógico, con pre­dilección veracruzanos, a cuyo Estado lla­ma "benemérito de las letras nacionales".

Todo ello revela que Delgado tenía do­tes de preceptista y depurado gusto estéti­co, y la elección de trozos literarios de di­versos autores que como ejemplos ilustran la teoría del texto, no pudo haberlo hecho a menos de estar poseído de esas dotes.

Si por didacta entendemos al autor de textos de las diversas disciplinas de la in­teligencia, cabe analizar aquí su Geogra­fía Histórica que tampoco es original, ya que en ella, más que en la Literatura, se nota el acopio de material extraño, como el mismo Delgado lo hace notar.

Esta cátedra la impartía, en Orizaba, en el Colegio Preparatorio del que, como es sabido, llegó a ser profesor y rector. Amena e interesante no prestó gran contingente al desarrollo intelectual de los educandos.

Naturalmente, adunada a sus dotes de preceptista, andaba su dote de educador o maestro, sobre todo en su cátedra de Literatura, y sólo la frivolidad de la juventud o la carencia de vocación literaria, pudieron contrarrestar, en ocasiones, el mérito de esa labor educativa.

"Delgado tenía vocación de maestro. Entraba en camaradería franca con el discípulo y hacía sugestiva y atrayente su clase, entre otras causas, amén de su cultura literaria, por su don supremo de conversador. Infundía el amor a las letras, porque él, como sacerdote de la belleza, oficiaba en sus aras con devoción y fervor. Tenía gran cariño por sus discípulos que le seguían fuera de las horas de clase. Cuando murió, buena parte de esos discípulos estuvo en su lecho de enfermo velándolo por varias noches, y en los instantes de su muerte, esa juventud gallarda en su sinceridad y en sus sentimientos, lloró con amargura la ausencia del maestro; y hoy todavía, a una distancia de muchos años, aquellos corazones ayer juveniles, humedecidos en lágrimas los ojos, bajo el peso doliente de los años, cubierta la cabeza de canas y surcado de arrugas el rostro, vienen a confesar el credo del maestro; su fe en el amor y su fe en el arte.

 

EL ORADOR

¿Cabe analizar a Delgado como orador? Fueron pocos sus discursos, alocuciones y brindis. Los pronunciados en las distribuciones de premios a los alumnos del Colegio Preparatorio de Orizaba; en la segunda exposición de flores y pájaros, en Coyoacán; en la presentación de José Segarra y Joaquín Juliá, en el Teatro Llave de Orizaba; en la colocación de la primera piedra del monumento al caritativo cura párroco don José Nicolás del Llano y alguno otro más, no lo acreditan como orador.

No podemos hablar del pronunciado en la .velada literaria organizada en Puebla para celebrar la erección de la Universidad pontificia, porque ha sido imposible localizarlo y lo desconocemos por completo.

Por otra parte, Delgado no improvisaba sus discursos. No era orador de palabra hablada (el verdadero orador), sino de pa­labra escrita. Carecía de las dotes físicas  del orador, sobre todo de voz que era "tarda y opaca"  1 Orador sin voz no es orador. La voz, en la oratoria, es de mágica virtud que puede un discurso carecer galas literarias y si la voz es cálida,  emo­tiva, de fácil dicción, si la tonalidad responde  al movimiento de las pasiones, el orador conquista al auditorio.

Pero, ni literariamente esos discursos y alocuciones nos muestran al orador. Maestro de Delgado, el sabio jurisconsulto: don Silvestre Moreno Cora, adolecía, a si ­mismo, del gravísimo defecto de una voz, sin registros, uniforme, monótona, apaga­da, y, sin embargo, en sus discursos halla­mos más pensamientos elevados y más al­tos conceptos filosóficos.

Hasta aquí creeríamos, por lo dicho que Delgado no fue orador, pero llega el 8  de julio de 1905. La Sociedad Sánchez Oro­peza organiza una velada memorable, para otorgar los premios a los vencedores en justa literaria que convocó para conmemorar el tercer centenario secular de la pblicación del Quijote, y en esa noche inmortal, Rafael Delgado deleita al audito con un magistral discurso que lo inmortaliza como orador. Con donosura de estilo, en forma lana y castiza, en períodos, ora rotundos, ora alados; señor de la sintaxis; en frase ­de soltura sin igual, escribió Delgado tan bellísimo discurso, acaso como el del P. Mir  en su recepción de la Academia Española ­de la Lengua.

Este solo discurso bastaría a Delgado, si careciera de otra obra, para abrir las puertas de la Academia al donoso escritor,  galano prosista y paladín del casticismo en tierras de habla española. 

Novelista de primera línea, inicia su discurso con acertada definición de la novela, para pasearnos después, en marcha triunfal, por los fértiles dominios de la misma.

Qué atinadas observaciones acerca de los atributos de todo novelista; qué bucear en las profundidades de su propia alma de artista, para darnos la fórmula secreta y del consejo estético.

Aprovecha también la oportunidad para sintetizar, de mano maestra, la historia de la poesía lírica castellana, demostrándonos nos con el ejemplo, la verdad de sus aseveraciones y de su calidad de crítico. Después nos lleva por el campo de la novela, deteniéndose, con deleite, en la inmortal, el Quijote, del que nos dice en uno de sus más a brillantes párrafos: "No sólo celebramos el Quijote por sus bellezas de invención, reflejo de todo un pueblo, patentes para el vulgo, sino por otras recónditas, arcanas, a escondidas, y como en reserva para lectores refinados y exquisitos. En ellas está el alma de Cervantes; su concepto de la vida; su amor a la verdad y a la justicia; sus ideas acerca del hombre y de sus cosas; su queja triste y dolorosa, mal disimulada por la sonrisa; su lamentación regocijada y satírica, la de un espíritu supremo lastimado y ofendido, que perdona, pero que encuentra en la burla inofensiva consuelo bien bienhechor; su honrada protesta contra dolos e injusticias y el culto fervoroso a cuanto exalta y dignifica a los hombres”. 

Y todos los altos conceptos y los profundos conocimientos literarios y científicos y dotes críticas que campean en el discurso, envueltos en el manto maravilloso de un estilo elegante, sobrio, rico en matices, ático, alado, impregnado de difícil facilidad.         

Con suprema emotividad de artista, el alma cristiana de Delgado vibró a gran altura, abrazada, por simpatía, al alma pura de Cervantes y dejó a la posteridad una pieza oratoria aun no apreciada en su verdadero valor, que lo inmortaliza en los dominios de la oratoria.

 

EL CRÍTICO

La crítica literaria, en la historia de nuestras letras, ha tenido poco desarrollo, sobre todo en el siglo pasado, no siendo, sino hasta muy recientemente cuando ha prosperado con Alfonso Reyes, los hermanos Alfonso y Gabriel Méndez Plancarte, Carlos González Peña, Julio Jiménez Rueda, Francisco Monterde, Antonio Castro Leal, Agustín Yáñez, José Luís Martínez y otros.

Rafael Delgado ni se dedicó a la crítica literaria, ni presumió de ello; pero evidentemente que tiene algunos estudios en que analizó el valor estético de la obra de algunos escritores, y por ello merece análisis.

Sus conversaciones literarias nos dan, a conocer a los siguientes autores: Gustavo A. Bécquer, Gaspar Núñez de Arce; Leopardi, Alfonso de Lamartine, José Joaquín Pesado, José Zorrilla, Manuel Eduardo de Gorostiza.

No pueden considerarse estas conversaciones literarias como obra de crítica, si no más bien catalogarlas en el estudio del orador, porque aun cuando con el modesto nombre de conversaciones, están escritas en el, tono de verdaderos discursos, campeando en ellas, como en toda la obra de Delgado, los primores del estilo y la donosura y gallardía de la frase castiza y elegante.        

Pero, a pesar de ello, Delgado revela dotes de crítico.

Después de las galas oratorias, de períodos fáciles y bellos, aparece la observación aguda del crítico. Así, nos dice, en el estudio o conversación sobre Bécquer: "No pueden comprenderse las Rimas sin estudiar antes las Leyendas. Bécquer tenía una de las más valiosas cualidades del talento: la de saber callar; y hay que buscar en sus escritos de prosista la clave para penetrar todo el sentido de sus versos".

Y termina analizando la obra del sevillano, en estos términos: "En suma, podemos decir que Bécquer es un poeta de altísima inspiración, de singular, talento y de alma delicada y tierna; rico en gracia, en colorido, en intención y en" trascendencia como prosista y un gran poeta lírico, de una subjetividad tan verdadera y humana, que sus cantos hallan siempre un eco en todos los corazones; una gloria de la cual su el patria con justos motivos se muestra orgullosa, uno de los poetas que mejor han correspondido a su nación y a su siglo, y un la genio digno de eterna memoria de los hombres”.

El mismo procedimiento y la misma agudeza en las conversaciones sobre Núñez de Arce, Leopardi, Gorostiza, Zorrilla, en que Delgado luce, además, los profundos conocimientos que tenía de las literaturas griega, latina e italiana. Su disertación sobre Hamlet es muy bella y atinada. No fué un ingenio dedicado a la crítica  literaria, pero sí un artista con depurado gusto estético y sólida y recia que lo capacitaron para emitir juicios serios y atinados.



1 Federico Gamboa, Revista de Revistas, No. 217, Año V, correspondiente a 7 de junio de 1914.

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