miércoles, 12 de febrero de 2014

El amor por la tierra


 

Raúl Hernández Viveros

 

Para recordar este año al escritor Ángel de Jesús Rafael Delgado, quien nació en Córdoba, Veracruz, el 20 de agosto de 1853, y falleció en Orizaba, Veracruz, el 20 de mayo de 1914, escribo las siguientes notas. Durante estos meses se organizarán conferencias con motivo del centenario de su muerte.

            Ahora recuerdo que hace muchos años, tuve la oportunidad de asistir todas las tardes, como estudiante a la Escuela Secundaria y de Bachilleres Nocturna de Orizaba, Veracruz. No puedo olvidar la fotografía sepia de Rafael Delgado que se distinguía enganchada a la entrada de la biblioteca con el nombre del autor de La Calandria. Para mí fue un verdadero misterio, tratar de investigar algunos datos sobre aquel rostro con bigote, ojos iluminados y frente ancha que advertía la firmeza de una vital y terrible inteligencia. Desde luego, Rafael Delgado impartió cátedras en el entonces llamado Colegio Preparatorio de Orizaba, donde se desempeñó como director y promotor de varias generaciones de estudiantes, en sus aulas promovió la divulgación de autores universales.

Al poco tiempo, me enteré de que a la ciudad, la bautizó como Pluviosilla. En ese entonces, cuando éramos jóvenes, a la cual nos referíamos como el pueblo de las aguas alegres, por sus lagunas y ríos todavía transparentes. Después, entre los libros de la biblioteca descubrí varios ejemplares de la revista trimestral “Universidad Veracruzana”. En el número 2, Año II, Abril-junio de 1953, me aproximé por primera vez a la lectura y conocimiento de un cuento, género literario que hasta la fecha representa una de mis vitales preocupaciones frente a la creación que me agobia cada día, en mi trabajo cotidiano de narrador.

Tal vez en aquel instante nació mi decisión por entregarme a la creación literaria. Leí varias veces el cuento  “La chachalaca” Casi entre lagrimas y sollozos llegué al final  de las descripciones  bajo cita seleccionada por Rafael Delgado: “El pensamiento humano, / como el mar, sus cadáveres arroja.”  Sin duda alguna, la comprensión de cada párrafo me llevó a enfrentarme con la experiencia juvenil, la inocencia infantil, el interés o curiosidad más bien por los asuntos de la vida, delante de la perversidad en los seres humanos.

La desgracia de navegar entre la vida de los adultos y el papel del frágil paso de la infancia a la adolescencia. No puedo olvidar el final de esta pequeña obra maestra de la narrativa mexicana: “Esta es la historia, amigo mío. Cuando la recuerdo, y la recuerdo todos los días, y siempre con dolor y remordimientos crueles, me pregunto: -¿Qué sentirá el asesino cuando le ponen delante de su victima?”.

En otra ocasión, revisé el sumario del número siguiente de “Universidad Veracruzana”, y mi asombro llegó a alturas infinitas. Encontrar páginas dedicadas en homenaje a Rafael Delgado; fue una revelación hacia el amor por el autor de Los parientes ricos, Historia vulgar, y Angelina. En esta monografía se recogieron excelentes ensayos que estudian la obra literaria, con motivo de la celebración centenario de este autor, quien nació en Córdoba, 1853, y murió en Orizaba, 1914. Por lo cual se organizaron eventos culturales, y concursos literarios a nivel internacional. También la Universidad Veracruzana editó las Obras completas, de Rafael Delgado, con los volúmenes: “Poesías”, “Conversaciones literarias”, “Estudios literarios”, “Discursos”, y “Lecciones de literatura”, (en dos tomos). 

Fue trascendental la ubicación de las líneas de Federico Gamboa: “…un caballero de  buen pergeño oscuro, de poblado mostacho de mirar hondo y expresivo, de voz opaca y tarda, parco en ademanes y sonrisas,   armada la diestra de cigarrillo de papel cuya lumbre adquiría relieve y cuerpo en las crecientes y tercas agonías crepusculares…” Por su parte, Amado Nervo hizo esta descripción: “Delgado era un hombre de mediano estatura, de regulares carnes, de inteligente cabeza, coronada por cabellos ligeramente rubios y en la cual se advertía insipiente calvicie, ojos de sincera mirada, correcta nariz y boca de expresión bondadosa”.

Toda esta información actuó en mi espíritu como conocimiento, para abrir las puertas a la imaginación, y aceptar el mundo de la fantasía. Hasta ahora me pregunto qué aconteciera si en mis días adolescentes, hubieran pertenecido a otra historia. Existía la necesidad de comunicarme con experiencias fuera de la vida provinciana, y me llamó la atención que a pesar de la pequeñez en el ambiente orizabeño, Rafael Delgado logró la trascendencia a través de sus libros.

En un rincón de la biblioteca, entonces con bastante asombro pude alcanzar el libro Lecciones de Litera­tura (Estilo y composición), obra editada por  la imprenta del Gobierno del Estado de Veracruz, en 1904. Comencé el recorrido por el análisis y estudio de estilo y composición. Estoy de acuerdo en que representó una enciclopedia sobre el arte de la escritura, desde el punto de vista de un verdadero escritor, y un mentor que transmitía su experiencia literaria.  

Estos apuntes que Rafael Delgado dictaba a sus alumnos en la Escuela Preparatoria de Xalapa, que fueron posteriormente recogidos en un libro,  significaron el proyecto de escribir bien porque con ello se identifican el talento, el alma y el gusto. Con suficientes fragmentos de sus autores preferidos, Rafael delgado reflejó que era un contemporáneo de los escritores de su tiempo, y demostró su amor por el contacto de otros idiomas. Desgraciadamente, la segunda parte “Retórica y Poética”, no pudo salir a la luz pública.

Sin embargo, la lectura de Lecciones de Litera­tura (Estilo y composición), me permitió aproximarme al arte de escribir, a buscar la técnica del estilo literario, que se puede aprender y perfeccionar. Iluminado por mi encuentro con las obras de Rafael Delgado, lentamente abrí las posibilidades del recurso a la descripción; de cómo se puede escribir para rescatar infinidad de recuerdos o historias inolvidables, amores imposibles y derrotas sentimentales, como lo advirtió Rafael Delgado en estos versos: “ella empieza a vivir y nada sabe! / él sabe todo y a olvidarlo empieza!”.

Fue considerado como parte de una trilogía de novelistas realistas, al lado de Emilio Rabasa y José López Portillo y Rojas. Puede consultarse la nota crítica de Carlos González Peña, en su Historia de la literatura mexicana, editorial Porrúa, 1928. Escribió poemas, cuentos, novelas y breves obras de teatro. Fue apreciado como un autor que describió el paisaje maravilloso y real de su lugar de origen, en el centro del estado de Veracruz.   

Rafael Delgado fue uno de los creadores e impulsores de las formas del realismo literario, en base a la observación profunda y minuciosa de las relaciones humanas, y principalmente por su amor a cada una de las cosas de su lugar de origen o vivencia dentro de la exuberante naturaleza veracruzana. Del romanticismo enlaza a un costumbrismo que es ampliamente superado en la concepción directa de los conflictos y ambiciones, que plantea y proyecta la conciencia de los seres humanos.

Toda esta experiencia del hecho de vivir impulsó las meditaciones retrospectivas de un personaje agobiado por su profunda cimentación religiosa frente a la preocupación de las cosas materiales. Rafael Delgado obtuvo el impulso de la comprensión y análisis de escritores que le fueron contemporáneos, y ahondó en las fuentes extraordinarias de las propuestas literarias de Cervantes, Shakespeare y Flaubert. Por lo tanto, su escritura exploró diversos temas, vivencias y hechos significativos entre las frustraciones y victorias del espíritu creador.  

A su muerte, Salvador Díaz Mirón escribió: “El alto varón murió en la fuerza de la edad, consumido por su genio como un cirio por su llama”. Falleció luego de realizar un recorrido en caballo de Jalapa a Orizaba, igual que su personaje Gabriel “pretendía ser muy hábil en su oficio, y se preciaba de consumado jinete”, p.44, en “La calandria”, cuarta edición, “Clásicos mexicanos agotados, 1931”. Pocas veces la palabra escritor se logró unificar con la de maestro. Un poeta por obra y gracia de la naturaleza. Un narrador con un misticismo persistente, pero alejado de los dogmas, y arraigado en el escenario de la familia, la enseñanza y el respeto por el paisaje veracruzano.

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