lunes, 11 de marzo de 2013

Y LA NIÑA PREGUNTÓ



David Nepomuceno Limón
El problema de una felicidad plena y sostenida es su breve existencia

La preocupación de Bruno empezaba a rayar en desesperación. Tenía más de una semana sin laborar. Su esposa y sus dos pequeños hijos sufrían al igual. Cavilando, seguía su camino. Trataba de encontrar algún trabajo pues los últimos días ya no eran de pena, sino de sacrificio compartido por la familia.
   Su mirada se detuvo en el imponente edificio escolar que tenía frente a sí. Su moderna arquitectura y radiantes colores atraían la atención de propios y extraños. El deseo de entrar para solicitar trabajo fue instantáneo.
   Al entrar, Bruno fue presa de un rayo de esperanza pincelado con la buena suerte que siempre le había deseado su familia. Observó que las oficinas principales se encontraban en el primer edificio. En el interior, el tenue color lavanda de sus paredes, junto con los marcos de cedro de las ventanas, respiraban tranquilidad. Al momento sintió la necesidad de despojarse de la vergüenza y atreverse a solicitar empleo. De momento no sabía a quién dirigirse, cuando una joven secretaria que salía de una oficina, ataviada quizá con el uniforme de la institución, lo abordó para preguntar en qué podría serle de ayuda. Un momento después ambos se dirigían a la secretaría del plantel, donde en ese momento se hallaba el jefe de mantenimiento de todo el complejo educativo. Se trataba de una persona de edad avanzada, que lo recibió con cortesía y amabilidad.
   Los instantes que siguieron fueron cruciales, de sorpresa y alegría al escuchar que le ofrecían el trabajo de velador y que empezaría a laborar desde esa misma noche. La posibilidad de un aumento de sueldo por su eficiencia terminó por colmarlo de dicha. Sentía que la confianza regresaba a su cuerpo y sonrió satisfecho por haber dejado sus penas allá afuera y mostrar seguridad.
   Como parte del protocolo institucional Bruno fue presentado con la directora para ultimar detalles de su contratación. Al salir, no daba crédito a la alegría que lo embargaba, y dudaba si todo eso era parte de su realidad.
   Ser contratado había sido la mejor noticia durante todo el tiempo en que había tenido trabajo, pero siempre salía perjudicado por los recortes de personal. Pero este día era diferente y la alegría invadía ya a toda la familia. Cuántas sonrisas le ocasionaba pensar que su futuro era alentador. Todo transcurría como un sueño del que no deseaba despertar. La tarde pasó muy rápido mientras él hacía los preparativos para su nueva encomienda. Antes de la hora de entrada todo estaba listo y salió de su hogar cargando el peso de una esperanza y una dicha completas.
   La jornada empezó en un edificio impresionante cuando el sol se retiró a dormir. La oscuridad de la noche y las luces encendidas hacía que se viera enorme.
   El guardia de la puerta principal se sorprendió por la puntualidad del nuevo velador. No fue necesaria instrucción alguna pues todo se lo habían comunicado por escrito. Sólo le dieron las llaves necesarias para pasar de un pabellón a otro. Afuera, la noche amenazaba con su inmensidad mientras Bruno sería amo y señor de una instalación envuelta en el silencio.
   El guardia se despidió cerrando con llave la reja de la entrada principal. El joven velador, sonriente, vio hacia el interior de la construcción con la que a los pocos momentos se identificaría. Después de admirar el edificio desde la perspectiva que le ofrecía la entrada, inició el primer recorrido por las oficinas. Todo estaba en completa calma. Las ventanas de amplios cristales permanecían con las persianas echadas. Verificaba que estuviera cerrada cada puerta con la que se encontraba accionando los picaportes. Terminada esa parte pasó a las áreas deportivas para inspeccionar que las rejas de las canchas estuvieran aseguradas y la iluminación en orden. Todo estaba inmerso en la quietud cuando escuchó abrirse una puerta. El ruido procedía de la última oficina del pasillo. Extrañado, Bruno regresó sobre sus pasos, y al ver la puerta abierta tuvo la intención de acercarse con precaución para cerrarla. Con pasos silenciosos inició el recorrido por las canchas, contemplando de paso la extensión de las mismas cuando sorpresivamente sonó el teléfono que se hallaba sobre la pared del gimnasio ubicado entre dos canchas. Bruno aumentó su velocidad para contestar la llamada y vio con asombro que el aparato continuaba sonando a pesar de que el cable alimentador se encontraba enrollado sobre el aparato mismo.
   No sabía qué hacer. La incertidumbre y un ligero escalofrío le impedían pensar. Su yo interno anunció su miedo al hacer crujir sus dientes, mientras volvía el rostro como si tratase de interrogar al viento. Entonces decidió regresar al pasillo de oficinas y permanecer ahí, en la zona iluminada, el resto de la noche. Al dar vuelta y empezar a caminar la reflexión le hizo comentarse a sí mismo que no debiera amedrentarse por lo sucedido, y con paso rápido se introdujo al auditorio que estaba a un costado del gimnasio. En el interior, con la luz, los asientos aterciopelados de un azul oscuro contrastaban con el rojo del alfombrado que cubría los pasillos. El amplio escenario tenía un toque de majestuosidad por los telones de colores combinados entre sí. Vio tres puertas al fondo, cerradas, pero que debía verificar que efectivamente lo estaban. Regresaba por el pasillo central cuando escuchó que una de las puertas que ya había comprobado como debidamente cerradas se abría lentamente, haciendo el ruido característico de las bisagras sin lubricante. Al volver la cara, Bruno distinguió la figura de una niña como de siete años de edad que vestía ropa blanca y zapatos negros, peinada en dos trenzas y abrazada a una muñeca. Estaba de pie junto a la puerta abierta, con una sonrisa en la boca. Venciendo el miedo Bruno le pregunta qué hacía ahí a esas horas, a la vez que con la vista buscaba si estaba acompañada por alguien. Algo inexplicable estaba ocurriendo. Sus compañeros de la noche debían de ser el silencio y la soledad, y al parecer no era así. A la primera pregunta, sin esperar respuesta, Bruno agregó otras. Quién era ella y cómo entró. Casi de inmediato se dio cuenta de que la niña había desaparecido y la puerta estaba cerrada como al principio. Quiso gritar pero pensó que no sería bueno levantar la voz cuando está fría la luna y el viento callado, pues nunca antes había creído en los espíritus congelados de la noche.
   Asustado, echó a correr. Salió del auditorio para atravesar nuevamente las canchas y volver al pasillo de las oficinas. En su carrera vio que unos jóvenes lo alcanzaban corriendo y lo rebasaban, ignorándolo. Iban vestidos con pantalón de mezclilla, playeras blancas y zapatos deportivos. Al llegar al pasillo, ellos se perdieron de vista cuando giraron a la izquierda. Bruno sentía que su mundo era sólo el aire que respiraba, enviándolo a un vacío donde lo abandonaba a su suerte.
   Lo que estaba sucediendo era demasiado para una sola noche, que se prometía tranquila. En esos momentos el miedo era como una prisión que aniquilaba el espíritu, pues el valor había huido de su alma. Todo era confusión y sorpresa. No dejó de correr hasta llegar a las oficinas, donde pudo advertir que no existía pasillo alguno a la izquierda.
   Tuvo la intención de salir de ahí, pero sabía perfectamente que no podría hacerlo ya que no contaba con llave de la reja principal. Consultó su reloj. Apenas eran las once treinta de la noche. Para las seis de la mañana faltaba todavía mucho tiempo.
  Como había dejado abiertas las puertas de las canchas y el auditorio podía verse una parte de los asientos de este último, y se dio cuenta de que un joven corría de un extremo a otro de la sala. Bruno ya no se atrevió a ir a cerciorarse. Sólo se concretaría a vigilar las oficinas y el área de las aulas.
   La escuela era un edificio de dos plantas con diez aulas cada una. Estaba rodeado por una amplia área verde que llegaba hasta la calle y que, en esos momentos, se hallaba iluminada. Ello hacía innecesario el uso de la linterna. Ahora le tocaba afrontar su realidad. Sentía que todo lo vivido en los últimos minutos iba en serio. Su manera de andar revelaba cautela. Con curiosidad inició el recorrido en espera de que algo pudiera suceder en cualquier momento. Todo se hallaba cerrado. Los grandes ventanales dejaban ver el mobiliario bien acomodado. Verificaba una a una que las puertas de la planta baja estuvieran cerradas cuando escuchó el estruendo que hacían los pupitres del primer piso al ser arrastrados. De inmediato se dirigió a las escaleras, pues pensaba que algún grupo de jóvenes le estaba jugando la peor broma de su vida. Dispuesto a enfrentarse a ellos caminó rápidamente para conocer a los trasnochadores que le estaban haciendo insoportable su trabajo. Con esas ideas llegó al sitio del que procedía el alboroto. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio a través de la ventana que todo estaba en orden, la puerta bien cerrada y ninguna persona adentro o en los alrededores.
   Bruno estaba aprendiendo mucho sobre el miedo en un solo instante, en el que abandonaba por completo el intento de conservar su optimismo. Su capacidad de pensar estaba llegando a punto muerto. Por lo pronto, sus músculos se paralizaron al hacerse el propósito de caminar rápido o de correr, y su cuerpo no lo obedecía. Su mente era una maraña de ideas encontradas, sin control y sin poder detenerse. Todo indicaba que estaba siendo víctima del destino, pues cuando la sensatez estaba de por medio no había broma que valiera.
   No supo qué tiempo permaneció ahí parado mirando sin ver el jardín que tenía enfrente. Lentamente, arrastrando los pies, bajó a la primera planta, y sin la intención de continuar su labor de vigilancia se dirigió hacia las oficinas, donde quizá se sentía protegido.
   Su mochila estaba en el lugar donde la había dejado, junto a la silla donde podía descansar algunos minutos durante su jornada. Mecánicamente la abrió y sacó la bolsa donde su esposa había depositado alimento para que lo consumiera si llegara a sentir hambre en sus horas de trabajo. Empezó a comer sin ganas, y al momento se abrió la puerta de una de las oficinas. De ella salió la niña, sonriente, preguntándole qué es lo que comía. Bruno, sin exaltarse y sin dejar de comer, contestó. La niña fue acercándose, con lo que se inició una serie de preguntas y respuestas que derivaron finalmente en temas cotidianos como los juegos preferidos por los niños. Ya empezaba a amanecer y la charla seguía, con la misma naturalidad y diríase que hasta entusiasmo.
   Esa mañana tenía su importancia para el estudiantado, pues comenzaba la etapa de los exámenes semestrales. La directora llegó más temprano que de costumbre para tener todo listo al iniciar la jornada. Después de abrir la reja principal hizo lo propio con la puerta del edificio de oficinas. Asombrada, vio al velador sentado en el piso jugando con servilletas de papel. Sus risas las había escuchado desde la calle.
   La mañana anterior Bruno había sentido que se hallaba en el nacimiento del arco iris de la buena suerte, concentrándose en la fuerza que la felicidad le proporcionaba. Ahora, sólo había logrado que, en el desierto de la noche, aprendiera a reír para siempre.

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