martes, 4 de enero de 2011

Conciencia social y educación


Por Romeo Cuervo Téllez
Si nos diéramos a la tarea de preguntar a los ciudadanos en general qué tan conscientes somos de las agudas crisis de todo tipo que gravitan en nuestra actual sociedad, nos daríamos cuenta que-siendo respuestas diferentes-coincidirían en un rasgo común: su pobreza cualitativa.
Veamos, la mayoría de nuestra población urbana cree que los problemas nacionales se reducen a dificultades para conseguir empleo, a problemas de inseguridad y delincuencia en las calles, y algunos problemas de salud por cambios de clima y cosas así. Esto es, una visión de superficie, pero nada de fondo. Sin embargo, la verdad es que la sociedad en que vivimos está cada vez más enajenada y aculturada por la mercadotecnia comercial mediática cada vez más nociva y degradante; así como por las tendencias “educativas economicistas” actuales, con modelos, planes y programas que se diseñan y se imponen siguiendo directrices externas (consenso de Washington, OCDE, etc.) a cuyos intereses y concepciones, los gobiernos y grupos de poder federales de nuestro país-desde 1982 a la fecha-parecen estar dispuestos a servir, olvidando el sentido y razón superior de nuestras aspiraciones y luchas históricas, en medio de una desigualdad social creciente, una pobreza urbana y rural en aumento y una incultura y descomposición social cada vez más preocupantes, que más de cuatro sexenios de neoliberalismo y globalización han producido en lo que queda de nuestro país, para desdicha de las generaciones de hoy y de mañana, todo lo cual tiene un nombre, se llama antidemocracia social y ausencia total de ética y patriotismo.
¡Oh Manelic, oh plebe que vives sin conciencia! Exclama con un dejo de desesperanza el poeta yucateco Antonio Mediz Bolio, pero el verso alude a la inconsciencia de la plebe que en aquel momento era manifiesta ante la prepotencia y la injusticia social imperantes en la época porfiriana, y de la que como clase oprimida no era responsable. Hoy sin embargo, la inconsciencia social es un fenómeno genérico, que se observa en todas partes, que permea en los estratos y sectores sociales más diversos, como expresión de enajenación y de incultura general, manifestándose en situaciones cada vez más aberrantes y frívolas, como las de procurarse “éxito”, “poder”, “felicidad”, etcétera, al margen de toda conciencia de nuestros deberes y valores éticos y culturales, forjados en los procesos sociales de nuestras luchas históricas.
Por todo ello, considero que esta gama de manifestaciones de “vida” culturalmente decadente, reclama primero que nada un análisis y una reflexión profunda; y enseguida, acciones en consecuencia que hagan posible el rescate y restablecimiento de nuestra conciencia social. Esta conciencia es propia de la naturaleza pensante del ser humano (homo sapiens) y no sólo de su capacidad de hacer, de fabricar (homo faber), de percepción visual (homo videns), de capacidad de consumo (homo oeconomicus) o de capacidad de compra (homo mercantilis).
Esta es la grave problemática, el gran reto que tiene que asumir todo individuo y toda institución verdaderamente educadora, y no sólo administradora de “servicios educativos” ahora crecientemente privados (negocio de mayores dividendos), en los que se operan procesos y se aplican instrumentos supuestamente eficaces y suficientes para el logro de mayores conocimientos, cuando en realidad sólo son herramientas auxiliares-que adecuadamente utilizadas-pueden servir para alcanzar los fines superiores de la enseñanza-aprendizaje.
Desde esta concepción particular considero pertinente, y por tanto procedente y benéfico para nuestra realidad en el ámbito educativo, desechar la idea modernizante y falaz de saturar nuestros espacios escolares de medios e instrumentos audiovisuales e imágenes aculturantes, creyendo que son la panacea para logar la deseada calidad educativa. Lo que necesitamos son verdaderos maestros que enseñen y forjen la cultura intelectual y moral de nuestros niños y jóvenes, que sean capaces de rebelarse ante las mentiras de la mercadotecnia y de los perniciosos medios de “comunicación e información”, así como de la imposición de modelos, planes y programas de estudio, impuestos desde las cúpulas del poder en turno.
No más elefantes blancos como la biblioteca Vasconcelos, fundada en el sexenio anterior; ni más fracasos como el de enciclomedia o como los consorcios para la “educación virtual”, etcétera.
La economía de mercado y el neocapitalismo no son la mejor opción para el desarrollo verdadero de países como el nuestro, que ha forjado en sus luchas históricas formidables instituciones como su carta magna o ley fundamental, que hoy más que nunca debemos defender, en cuyos postulados late el espíritu de la suprema libertad social y económica. Retomemos el camino de la verdad histórica en la conformación de nuestras estructuras económicas, sociales, políticas y culturales, para celebrar así válida y justificadamente el bicentenario y centenario de nuestro nacimiento y transformación como país.
En países subdesarrollados como el nuestro, con agudos problemas de pobreza y diversidad cultural, debemos educar con realismo y sentido común y con modelos educativos surgidos de nuestra propia entraña, aplicando los avances tecnológicos al proceso de la enseñanza aprendizaje (tecnología educativa) en la medida en que sea pertinente su utilización, pero sin relegar al olvido, sino rescatando y reincorporando adecuadamente los modelos y elementos pedagógicos y didácticos de la escuela mexicana tradicional clásica, liberal y social, que probaron su efectividad en la historia nacional y latinoamericana, y que tuvieron su origen en nuestra entidad federativa veracruzana. Por eso creo que urge ir al rescate de aquel glorioso acontecer educativo de los años 20 a los 40 de Vasconcelos a Vásquez Vela; que vuelvan a nuestras aulas nacionales las efigies y las obras de Enrique C. Rébsamen, de Carlos A. Carrillo, de  Gregorio Torres Quintero, de Daniel Delgadillo, Leopoldo Kiel, Luis Hidalgo Monroy, Gabriel Lucio, Francisco Cuervo, Benito Fentanes, Abrahám Castellanos, etc., etc.
Para ello tal vez sea necesario un nuevo normalismo mexicano atemperado y culto, con el que sin duda podremos abatir el actual desastre educativo nacional; pues en esencia, como bien lo ha expresado el doctor Gilberto Guevara Niebla, el origen del problema de la inconsciencia social que padecemos como expresión negativa ante la vida, es problema de conocimiento, de concepción de la realidad visible e invisible.
He aquí, pues, la gran tarea de los pocos forjadores de almas que aún sobreviven y que mantienen viva la memoria histórica. Tarea gigantesca de corto, mediano y largo plazo que no debe soslayarse, so pena de complicidad con la mediocridad, la mentira y la irresponsabilidad social en el presente.


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